Anoche me soñé en un campo de calabazas, en él había un reloj enorme de pared en donde las manecillas marcaban las seis menos veinte, me sentí huérfana de mundo, de cuerpo y al darme cuenta de que sólo estaba este saco de huesos gravitando por ahí, grité: "Voy a hablar un poco de mi".
Tengo el cabello largo, a decir verdad, muy largo, a veces siento que es como el rastro que va dejando la lluvia al ir entrando a la atmósfera, otras tantas siento que es la perfecta ilustración del camino que tendrías que recorrer para llegar a mi espalda, justo ahí, en la 12va vértebra dorsal, también a veces creo que es un campo en el que se planta arroz, por eso no lo corto, quizás no volviera a crecer de esta manera y no podría hacer la voluntad del viento.
En mi cuerpo hay una corriente natural y no me refiero al Medoc 1986 que me bebí ayer, tampoco el Burdeos estaba mal, pero mi corriente es más bien algo parecido a la inspiración artística, impelida tal vez por tus ojos, tan magníficos ojos.
No me parecía estúpido hablarle a cierta calabaza en especial, de todas la elegí y la hice mi nutra, hasta le conté de cómo veía el mundo a través de mis manos, le hice las mismas preguntas que cuando te conocí, las que hago cuando realmente me interesa alguien:
¿Qué habilidades prácticas tienes? es decir, ¿qué sabes hacer aparte de leer y escuchar buena música?
Como era de esperarse, no me respondió, ¿Cómo iba a hacerlo? pensé, no me encargué de dibujarle boca,
quien sabe, tal vez me hubiera dado la mejor respuesta de todas y yo habría terminado loca de emoción.
Entonces preferí contarle de ti, de como al siguiente día de que hicimos el amor llovió y no cesó hasta el alba, también le dije que para mi el alba era ver tu cuerpo boca arriba y era entonces cuando me imaginaba que todo el otoño iba cayendo por el filo de tu nariz, una lluvia dulce de nueces y avellanas, incluso arándanos caían por tu cuello, por eso no entendía que estaba haciendo yo en un campo de calabazas.
Le recité una conversación que me sabía de memoria porque me la inventé y la repetía siempre que anochecía:
-Siempre me mueres-
-Debo empezar a vivirte entonces-
-Es como si tuviera un volcán adentro y necesitara estallar y se encuentra con tu boca, así y más.
-Las piernas ya no me responden, ¿quién no quisiera ser tu muerto?
Le conté de tus besos y de como los guardé en una urna de cristal, también le conté que siempre sentí que peleé por lo nuestro como si fuera un espartano en la guerra del Peleponeso, ya estaba escuchando la pregunta que me haría mi nutra en la mente ¿Y valió la pena? ¿Saliste herida? entonces me sentí dichosa por no haberle dibujado una boca y salir corriendo de ese sueño gracias a la alarma que puse un domingo para terminar la tarea y por vez primera fui feliz al saltar de la cama tan temprano.