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domingo, 3 de marzo de 2013

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Sentí tu ausencia arriba de un árbol, con el cielo naranja; como de esas pocas veces que en un documental pasan el cielo del amazonas y va muriendo la tarde y los pájaros aventureros llevan un silencioso mensaje, como los tambores esperando a que el mundo haga su trabajo y suelte el golpe, como la selva crujiendo.  Como deseo en estado puro sentí tu ausencia.

 Volví a sentir tu ausencia cuando esperando me quedé sin contar las horas.  No sabía si el cielo estaba lloviendo o si el mar estaba llorando conmigo tu falta.   Entonces, mi cuerpo se hizo tu navío y tú te volviste mi náufrago.  

Sentí tu falta cuando el día se quedó conmigo y quise hacerte mi universo, cuando te me salías del pecho y rondabas mi garganta, cuando gritaste que el amor no existe, sentí tu falta cuando dijiste: ¡Mentira, odio como amas!

 Acaricié tu ausencia cuando no pude salvar mi equipaje de ser lanzado al vacío contigo dentro; cuando la música me pareció vacía y ausente, cuando mi pecho no sabía a hogar, y cuando era el lugar en el que más seguro habías estado.  

Sentí tu ausencia porque mi amor por ti se niega a ser pasado, porque aunque te maldecía  ya me tenías completa; siempre completa. Sentí tu ausencia cuando las mentiras por fin parecieron mentiras y no me dieron razón el desamparo ni la tristeza.


Sentí tu ausencia cuando el fin del mundo lo encontré en las plantas de tus pies al cruzar la puerta por donde entramos un día desgarrándonos la ropa para serte infiel contigo mismo. Porque sabes que siempre fuiste tú, con mi mortal costumbre de engañarte, pero siempre tú, pintando el amanecer a la hora que quisieras.

Entonces sentí tu ausencia cuando me preguntaron qué era el amor y recordé tu nombre y así preferí guardar silencio; fue ahí, y no antes, que yo imploré al cielo, que desgarré mi garganta para que supieras cuánto te añoraba, para que supieras que no quería que me dejaras sin ti.

Me percaté de tu ausencia cuando supe que el cielo estaba haciendo algo mal al yo extrañarte tanto.  Por más que corrí mis persianas no pude hacer que la noche se volviera día y viceversa.  Supe de ti cuando me miré al espejo y no te vi en mí.

Sentí tu ausencia cuando entré a nuestro cuarto con el pecho entero y salí con él vacío y austero.  Ni ahí, ni ayer, ni mañana fueron otoños tan dejados de Dios.  Ahí fue cuando lloré por tener el alma más grande que el Sol, y más pequeña que la Luna como para hacer que te quedaras.

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