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domingo, 5 de mayo de 2013

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A veces cuando voy caminando, siento temblores por tamaños y colores, y entonces también siento cómo la tierra va asimilándose a las cloacas limpias y solitarias, a los puentes que van desquebrajándose, al oleaje, al tranvía, a lo que sea.

Después de todo, que difícil es darle continuidad a una estrella fugaz, ojalá y nada más todo se tratara de sentarse en el regazo de una piel desnuda, pedir un deseo, que cayera un rayo.

Que el teléfono sonara con urgencia y le saliera lengua, aunque ya no sé cual sea la diferencia.

Que el mundo dejara de estar lleno de fulanos y menganas y entonces fuéramos todos un séquito de espaldas mojadas. Últimamente cuando recuerdo las chispas de los primeros besos otorgados y siento como piso los charcos con los pies desnudos, me anda por contar a las personas que no conocen el mar y me sorprende la cantidad, después de todo, siempre queremos llegar al puerto en donde no se nos de la espalda.


Mejor voy a dejar quietos los labios ahora que la gente me indigesta y que sé bien que para eso no hay vacunas.



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