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miércoles, 12 de febrero de 2014

Equivalencia entre masa y energía

Creo que eran las seis y diez cuando el taxista dio un leve apretón al claxon, no me pareció normal que lo hiciera, la reservación del mismo se hizo para las seis y treinta, no pasa nada, la noche anterior no pude dormir, tenía ya varios minutos que perdía el tiempo haciendo un repaso de la última vez que pasé tantas horas en un avión y de los posibles aperitivos que podría incluir en el bolso para tan afable espera. De pronto, mientras decidía si los Skittles eran la mejor opción o tal vez unos Nerds para que algún turista me viera hacer caras de idiota a consecuencia del ácido, me vi interrumpida por mi hermano que ya bajaba las maletas para ponerlas en el recibidor.
Por un momento dudé en compartir el silencioso trayecto hacia el aeropuerto internacional con él, es verdad que días antes, cuando lo sugirió pensé en decir que ya me había hecho la reservación pero ¿todo se puede cancelar no? -Me habría dicho él.

No sentía alguna necesidad de compartir algo con él, era muy temprano para los dos, quizá su interés sería solo el de observar los objetos del interior o medir el espacio que hay entre cada coche, no sé. Aunque tenemos la misma edad, para mí sigue siendo aquel niño de baja estatura que se pasa la tarde colgado del pasamanos para crecer, o aquel  que no distingue entre la d y la b (creo que le sigue pasando) incluso creo que murmuró algo pero lo que yo quería era que cargara la maldita bandeja de correo electrónico, siempre dejo para última hora la tarea de registro de vuelo, ojalá lo hubiera hecho ayer, me marea el contraste que mis ojos perciben ante los múltiples intentos y la combinación del playlist del taxista.
No soy capaz de reconocer la segunda canción, me he perdido en el "tra, tra , metiéndole al tra".  Me parece ridículo que el taxista deje seguir la canción, no es que por la edad se deban escuchar ciertas canciones o no (al menos no lo había pensado hasta ahora) pero seguro que se acerca ya a la tercera edad y este ritmo modus perreo no me sienta bien a tan temprana hora de la mañana.
He pensado incluso (por disculparlo un poco) que al vernos a mi hermano y a mí, ha hecho una estimación de nuestra edad y nos considere "normales"y lo que en realidad ha querido es que tengamos un viaje más ameno.

Esa mañana en que dejamos la casa sentí un gran alivio, no sé cuánto tiempo me duró pero sentí el alivio. No más llamadas que atender para tonterías, no más ladridos de un Max hambriento a las cinco de la mañana, (me pregunto si alguien le dará de comer) ni tampoco el inoportuno camión de basura atorándose en las ramas del árbol del vecino.
Durante el trayecto, el cielo comienza a aclararse, me he tronado cada uno de los dedos de las manos, (me siento más cómoda que hace cinco minutos) incluso he decidido que al llegar al aeropuerto me compraré un café del que no es del Starbucks por que en el otro tienen unos sillones más cómodos.

Tengo una buena revista que leer de la cual no he pasado de la portada, ante el silencio y el cambio de ritmo de la música (ahora son rancheras) creo que es mi mejor opción, la verdad no me interesa asegurarme de que los edificios, hoteles e industrias que siempre veo por este camino sigan estando allí.
Miento un poco, a veces (en realidad muy pocas veces) me pregunto qué estaría haciendo si trabajara en una de estas empresas de importación-exportación para lo cual estudié, seguro tendría que salir de mi casa a las tres de la mañana para llegar a cubrir un turno vampiresco y así tratar de sobrevivir la jornada de ocho o más horas (las que fueran necesarias por contar con el privilegio de ser empleada de confianza) con un grupo de compañeros de los cuales no sabría ni quisiera saber nada.
Revista en mano, tamaño grande que sobrepasa mis palmas, portada en blanco con varios lápices, puntas muy afiladas que inspecciono. Entre ese breve pestañeo y la carga de información que viaja tan rápido a, ante , bajo, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, según, sin, sobre y tras mi cerebro, mi hermano decide abrir la boca: ¿Y tú para que vas a España?

Fin. Es el fin de lo que pude haber leído camino al aeropuerto, sé que con esta pregunta recién formulada, los minutos correrán tan rápido como la velocidad a la que iré cuando me monte en el avión, rápido, muy rápido, imperceptible al ojo humano pienso en lo que debería de contestar, recuerdo uno de esos exámenes de opción múltiple en la que los incisos se han diseñado para confundir aún más (caso contrario de lo que a simple vista pensábamos era más sencillo los primeros semestres de la carrera) y entonces elijo de estos incisos lo que debo contestar:

a) ¿Qué te importa?
b) Necesito vacaciones y es un buen lugar para desaparecer.
c) Siempre he querido ir.
d) Ninguna de las anteriores.
e) Todas las anteriores son correctas.

Siempre he querido ir, también es que necesito vacaciones y es un buen lugar para desaparecer, aunque ¿sabes? te estoy ocultando ciertas razones que no te pienso compartir, mejor dime, ¿qué te importa? Esta sería mi respuesta más sincera pero a veces, (lamentablemente) no se puede ser tan sincera en la vida.

Desearía no solo ir de vacaciones- le digo, pero creo que unos días me sentarían bien para conocer y validar lo que a veces ando tarareando en el coche cuando escucho a Serrat.
¿Y a poco no te dan flojera todas esas horas en el avión?-Me preguntó. Si bien mi hermano nunca parece estar interesado por nada, ahora lo estaba por mis vacaciones, hace años que dejamos de viajar juntos (supongo que tras los veintitantos es más motivante plantearse la idea de trabajar un año entero para ir a vacacionar  siete días con la novia, me parece normal) y me da pereza (a la ene potencia) seguir a modo pregunta y respuesta.

Sepan ustedes que no soy una persona desagradable, (al menos no hasta ahora) una vez estuve cerca de serlo, justo la noche previa a mi primera comunión pero esa es otra historia, hasta ahora los ostiones parecen más desagradables. El punto es que ignoré tres minutos a mi hermano mientras repasaba una lista mental de malas palabras de las que podía hacer uso en la madre patria.
Incluso me imaginé diciéndole gilipollas al primero que estuviera a dos centímetros a mi derecha, sí, al menos un: "Tío, si serás gilipollas". Entonces bueno, gilipollas ocupaba el primer lugar en mi lista mental, le seguían: joder, coño, me cago en la leche,(en realidad te puedes cagar donde quieras) me cago en dios y bueno, prefiero terminar con un me cago en todo lo cagable.

Le diría gilipollas a este hombre (taxista) que acaba de preguntar si mi hermano y yo venimos "ambos juntos" a esta terminal aeropoertuaria (que es la uno) pero le digo que no, que mi hermano va a la dos y al terminar esta frase nos hacemos los felices acreedores a pagar doscientos pesos más por "desvío" del destino. Me pregunto si el litro de gasolina que utilizará para este "desvío" lo ha cargado en alguna estación de servicio de primer mundo. Mi hermano me mueve la pierna, me pregunta otra vez lo de la flojera en el avión, le digo que sí, que me da flojera pasar todo ese tiempo en el avión, que eso y el tener un cadillo entre las nalgas es lo mismo, pero -no te preocupes por mí-le digo en un tono burlón, la masa conlleva una cierta cantidad de energía aunque la primera se encuentre en reposo (ósea yo).




viernes, 31 de enero de 2014

...

Viernes por la noche, salgo tarde del trabajo, doy algunos pasos por donde se acostumbra detenerse un momento para fumar, no hay nadie.
Me da un susto, no veo el coche, he olvidado que no encontré lugar al regresar de comer y me estacioné cuadras atrás, hago una recapitulación mental que dura si acaso un minuto y camino en dirección a encontrarlo. El teatro está lleno, la obra que se presenta es mala, sin embargo escucho a dos mujeres alegando en la taquilla porque ya no encontraron asientos disponibles, el vigilante ha puesto dos conos en el lugar en que me estacioné, está esperando a que me vaya para que pueda asignar mi lugar, hace siete horas que comí y lo único que siento en el estómago es la cerveza y el tequila que tomé, dentro del coche he encendido por error las luces altas y no recordaba como apagarlas, pensé que manejar así sería un insulto (pero pequeño e indefenso) para los demás y me apeteció.

Nadie va de copiloto, del disco que he puesto me gustan todas las canciones pero aunque es quincena no hay tanto tránsito para poder alcanzar a escucharlas todas, cedo el paso y así me gano un poco más de tiempo, incluso dejo pasar a un camión.

Viernes por la noche, a veces no se está tan lejos de esta hora que es presente ya. Leyendo un libro, conduciendo, haciendo una entrevista, pensando en ti justo ahora que tengo un cansancio de pesadas noches, justo ahora que duermes y se amontonan todas las flores del mundo.


Hay no tan lejos de esta hora que es presente ya, entre los troncos una sutil, diminuta hierba, más allá hay prados de narcisos, vapores y bruma, el viento exhala olivo.





jueves, 2 de enero de 2014

No es que me gustara comer lentejas, mucho menos con verduras. Tal vez lo que me gustaba es que fueran las dos de la tarde, las dos y cinco minutos, las dos y diez, no sé. Tal vez la felicidad de las dos de la tarde se resume en  esa extraña sensación de algunas  punzadas en la panza y no sabes si es hambre, si se trata de un dolor referido, de ansias o de qué, pero definitivamente se trata de algo.

Tampoco es que se pudiera hacer algo más interesante a las dos de la tarde que el paseo por el pasillo cargando el tupper de lentejas con verduras, ni la espera de un minuto cuarenta y cinco segundos viendo girar el platillo del microondas.

No, no es eso.

Creo que se trata de algo más profundo, como si a eso de las dos de la tarde fuera a dejar de ser miope y a las siete de la mañana no tuviera que suplicarle a mis pupilas que acepten ese cuerpo extraño, plastificado, que a veces arde y de igual manera me deja viendo borroso, pero no sé.

Tampoco es que la gasolina ya no cueste trece y centavos el litro a las dos de la tarde, esta felicidad vespertina tampoco nace porque a las dos de la tarde no se escuche el "tap" "tap"de los teclados porque no hay nadie, así como no hay tránsitos multando por la velocidad en zona escolar.

No, no es eso.

No es que esté empezando a leer un libro o terminándolo, bueno tal vez, pero  eso no es siempre, las cosas no se han dado así.
Tampoco es que a las dos cumpla años y no es que me haga la más feliz cumplir años.
No me gané la lotería y tampoco me estoy comiendo una tapioca.

Quizás es que a las dos de la tarde sea el preludio al silencio de una tarde en la que un hombre ha decidido dejar de fumar, o en la que alguien usa una bolsa de café como impermeable.

No sé. Tal vez es solo que no me molesta como están las cosas.





sábado, 21 de diciembre de 2013

...

La tarde se va en un devenir constante de ideas, en los hubiera que hay en tus ojos, en los ojalá de mi boca. Aquí solo reside el deseo mal formado de vivirnos en el mismo techo, de sentir tu voz metálica, de sentarme algunos minutos en el regazo de tu fe ciega y mecerme, incluso que esa misma fe me agarre el cabello.

Siento que ya no escucho cuando el agua avisa que hierve, ni arañar la pared puedo ya, las uñas me las muerdo desde los seis, tampoco tengo lunas.

Te cuento que ayer leí acerca de la diabetes, estadísticas de enfermedades comunes dentro de un hospital para prostitutas, también leí acerca de los bosques de anémonas, de psiquiátricos en donde internan a alcohólicos y adictos que no paran de hablar de lo pendejo que es para ellos el término penisneid de Freud.

He comenzado a sentir que todas las paredes son de piedra, incluso que podemos ser libres para pintarlas con lo que sea y quien sea al pasar. Adiós a las patrullas que por descuido pillan a los grafiteros, acabando con sus ideas a un centígrado de ebullición.

He sentido también una mirada asechadora y no es la tuya, jamás había deseado volverme ciega, alguna vez pensé que podía morirme de desvelo y no, comprobé que es más factible morir de ignoro.

Una vez leí que  una maestra en Nebraska  hizo prometer a sus alumnos que  encontrarían un pueblo mágico debajo de una piedra, eso es más pendejo que quejarse del penisneid  y nadie dijo nada.

Aunque es tonto, (más aún que aquellos que hablan del  penisneid) siento que un día me voy a morir por ti, que al corazón le va a pegar un brinco al verte y será como los últimos segundos de vida de una animal al que le cortan la cabeza y que corre tontamente en sentido contrario.


Todo aquello viene a mi mente en fragmentos bicolores, también me imagino la cara de idiotas que tienen mis vecinos mientras me ducho y me quedo inmóvil bajo el chorro de agua caliente, parpadeo unos segundos, me atacan por momentos fulgores húmedos, juego con mis palmas a esparcir el shampoo que promete brillo y controlar su caída. Inventos para que nosotros los tontos compremos más y bueno, lo seguiremos haciendo.

Me golpea la idea de empezar a comer frutas si es que vienen de tu boca, fomentar una lluvia de flores en donde caigan muchas magnolias pero todos estos placeres pequeñitos que me voy inventando se esfuman. Por qué me tienen que distraer con google y con una pinche nota de #posmesalto? En fin, la noche es buena para partir en cien los sueños que maliciosamente me acontecen, y sí...

Te busco por un momento, te busco por doquier cuando la meridional luna me recuerda tu savia y vapor.




domingo, 13 de octubre de 2013

El suelo está mojado

Hace algo de frío a pesar de ser las tres de la tarde, el suelo está mojado porque los vasos también sudan. Así empiezo la carta que tal vez nunca te va a llegar pero no importa, siempre te he escrito con una vena emocionada y nada más que café en la panza.

En la casa de enfrente han podado el árbol, la hija más pequeña ha pegado la nariz a la ventana, las palmas abre y alza como diciendo: "A dónde fue".
Está algo nerviosa, no sabe qué hacer, me doy cuenta que en realidad así estoy yo también.

Me vuelvo al cuarto, cojo como poseída la pluma y hojas, te escribo, lo envuelvo todo y parecen ser tus ojos que a veces me miran y pienso que así es como los niños se sienten en día de Reyes, así seguro es como siente el motor del tren cuando se va encendiendo, cuando se va alejando en el fragor del tráfico, es justo esto que siento lo que han de sentir las palomas al volar por el tejado.

Y hace algo de frío, a esta hora ya tendría que haber ido al circo esperando poder conocer a la mujer sirena que llora caballitos de mar, incluso ver alguno que otro trapecista con trompeta. Pero hace frío y el piso está mojado, opino que estos fragmentos de vida, algo dispersos, se empeñan en crearme la sensación de que no podré superar nunca tu risa, tu risa que es como el arte, la expresión mas sencilla y más directa al lugar en donde no hay pasado que mirar.

Me alejo como trotando de la habitación, siento este dolorcito, efecto colateral de haberte besado y alucinar que vienes a mi garganta cada noche, me siento en la mesa para desayunar porque yo no me mido por el rigor del tiempo y entonces tuesto el pan y aquí es donde ya no sé si a estos trocitos de beso me los como con sal o pimienta.

Uno piensa, come, bebe aunque se quiera solo abrir la boca para besar y son las tres de la tarde, el suelo está mojado y este azul es como el azul que fluctúa en el cielo y bueno, a este lado del charco todo sigue fluyendo.




miércoles, 2 de octubre de 2013

...

Empieza a sonar el primer violín a las nueve menos veinte, no pensé que el concierto fuera a abrir con "Allegro non troppo e molto maestoso" pero me parece buena elección, una mujer camina y le estorban mis pies, busca su lugar, en las manos lleva una botella de agua que aplasta descontroladamente, eso me hace seguir su rastro hasta que llega a su lugar. Mi vecino de asiento no deja de cruzar las piernas, le acaricia la mano a su mujer mientras observa muy entretenido el cuerpo de la otra al caminar, me parece muy divertido el "jugar a que no te ven".

Entonces sonreí, recordé que tú y yo nos enamoramos tanto que decíamos siempre reconocernos en cualquier mirada y ahí están ellos, una pareja de violinistas que se miran fijo mientras afinan a 442hz.

El pianista mueve sus manos con muchísima precisión, seguramente una técnica ancestral le reside en el cerebro, en la mano del pianista todo se mueve, pareciera que desnudara a alguien con mucha calma. El director de orquesta busca captar su atención pero no lo consigue, ha de ser tarea complicada medir la fuerza con la que se golpeará una tecla.

De pronto sentí todo aquello como una bomba de tiempo: La botella de agua siendo aplastada, el jugueteo de manos de la pareja de a lado, la mirada lasciva, los violinistas enamorados, la técnica del pianista, la cara de tonto del director de orquesta. Todo, todo era una bomba de tiempo que iba a hacer "clack"muy pronto.

Sentí algo atorado entre las costillas, puede ser que algo me camina y no, no fue porque la maestra de ceremonias dijera que Tchaikovsky murió en 1840.

El "clack","clack"me persigue, ya no sé qué dolor es ni en qué parte exacta de mi corazón lo siento.
Ya, lo sé, que he caído en cuenta que esta melodía ha venido a recordarme cuánto me faltas, me entra tanta rabia que esta ha sido la primera vez que acepto (aunque diga lo contrario en clase) que el tiempo imperfecto del verbo indicativo es una mierda. Sí que lo es.

Y entonces el concierto acaba, de golpe, así como yo no te pedí que llegaras.




lunes, 23 de septiembre de 2013

El día no



Lo que pensé a las seis de la tarde fue: “Qué día tan cagante” y eso que esa palabra es muy fuerte para mi. Pero después, al ir manejando a casa, pensé en que esto no era del todo cierto, el día no caga y al menos, la camioneta no tenía rastros de haber recibido aquel regalo aromático.

Justo cuando me iba quejando del tránsito y de las personas que causan choques (seguramente la persona que me chocó hace ya casi dos meses por ir a exceso de velocidad en un carril central, ya tiene su coche y yo, ni madres, que hable a la agencia la próxima semana) recordé que el día tampoco pudo parecer tan cagado, y es que siempre me acuerdo del icono de whatsapp y esa caquita hasta sonríe.

Entonces no, el día no fue cagante, eso pensé cuando me bajaba para retirar dinero del cajero automático, ese que siempre está fuera de servicio pero que hoy funcionaba,entonces fui a la farmacia y me compré un Riopan para la combustión interna que me cargo, es como si la pesadilla de anoche en donde por “accidente” le prendía fuego a las TVyNovelas del vecino,se hubieran posado en la boca de mi estómago.

Todo bien, llego a casa y lo primero que hago es tomarme dos cucharadas del medicamento,tal vez tres, parece cierto tipo de crema, como la que nunca le echaré al café y justo en ese momento suena el móvil, eres tú diciéndome que soy más valiosa que un sándwich después de una catástrofe natural y entonces cuál combustión? Aquí no ha pasado nada.