No es que me gustara comer lentejas, mucho menos con verduras. Tal vez lo que me gustaba es que fueran las dos de la tarde, las dos y cinco minutos, las dos y diez, no sé. Tal vez la felicidad de las dos de la tarde se resume en esa extraña sensación de algunas punzadas en la panza y no sabes si es hambre, si se trata de un dolor referido, de ansias o de qué, pero definitivamente se trata de algo.
Tampoco es que se pudiera hacer algo más interesante a las dos de la tarde que el paseo por el pasillo cargando el tupper de lentejas con verduras, ni la espera de un minuto cuarenta y cinco segundos viendo girar el platillo del microondas.
No, no es eso.
Creo que se trata de algo más profundo, como si a eso de las dos de la tarde fuera a dejar de ser miope y a las siete de la mañana no tuviera que suplicarle a mis pupilas que acepten ese cuerpo extraño, plastificado, que a veces arde y de igual manera me deja viendo borroso, pero no sé.
Tampoco es que la gasolina ya no cueste trece y centavos el litro a las dos de la tarde, esta felicidad vespertina tampoco nace porque a las dos de la tarde no se escuche el "tap" "tap"de los teclados porque no hay nadie, así como no hay tránsitos multando por la velocidad en zona escolar.
No, no es eso.
No es que esté empezando a leer un libro o terminándolo, bueno tal vez, pero eso no es siempre, las cosas no se han dado así.
Tampoco es que a las dos cumpla años y no es que me haga la más feliz cumplir años.
No me gané la lotería y tampoco me estoy comiendo una tapioca.
Quizás es que a las dos de la tarde sea el preludio al silencio de una tarde en la que un hombre ha decidido dejar de fumar, o en la que alguien usa una bolsa de café como impermeable.
No sé. Tal vez es solo que no me molesta como están las cosas.
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